Cuando el estrés empieza a mostrarse a través de síntomas psicosomáticos: insomnio, problemas digestivos, cardiovasculares y otros.
Cuando la ansiedad es constante, diaria, te impida tener la estabilidad y serenidad necesarias para mantener un pensamiento positivo, una conducta tranquila y el goce de los pequeños placeres cotidianos.
Cuando los silencios, los desplantes o gritos sustituyen al diálogo, y los problemas de comunicación enturbian su relación con los demás.
Cuando sientas que la tristeza, la apatía y la falta de ilusión empiezan a agobiarte y a emitirte el siempre equivocado mensaje de que su vida carece de sentido.
El negro o el gris tiñen frecuentemente sus pensamientos y te ves incapaz de encontrar algo positivo en tu vivencia cotidiana.
Cuando todo a tu alrededor lo percibes amenazante y te sientes solo, incomprendido o desatendido.
Cuando piensas que la desgracia se ha apoderado de ti y empiezas a asumir que todo sale mal y que las cosas no van a cambiar.
Cuando por miedo no logras salir en la calle, relacionarse con otras personas, permanecer en un sitio cerrado, hablar en público, viajar, etc. Cuando el temor o la inseguridad te impide desarrollar tus habilidades y disfrutar de personas, animales y cosas que te rodean.